Animal humano
En un reciente estudio algunos científicos localizarón el lugar en el cuál vive nuestra conciencia, aquella función que nos hace pensar dos veces antes de hacer las cosas. Ubicada en la línea media del cerebro sobre los ojos, parece ser una adquisición reciente en nuestra evolución, y controla la impulsividad.
Acércate al espejo y observa tu rostro durante un buen tiempo. Millones de años de trabajo genético malogrados en unos cuantos cientos, delicados instintos sumergidos bajo una costra artificial; “humanidad”. Y sin embargo, el reptil emerge de nuevo, como un impulso imperioso que no puede ser postergado.
Sientes un deseo incontenible, una rabia incontrolable; y no te contienes. Cualquier cosa puede ser el detonante, una visión fugaz, una tenue fragancia, un súbito cambio de planes.
En los actos impulsivos, cuanto hay de verdadero reptil o cuanto de verdadero ser “humano” (?). Poseemos un cerebro represor, inhibidor, y un cerebro creativo. Pero el reptil no reside ahí; es mas viejo, más primigíneo, tal vez más sabio. Obra, reacciona por medio de necesidades químicas, por súbitos impulsos. O quizás los cerebros nuevos también han aprendido para su propio beneficio, que pueden domesticar al reptil y usarlo para realizar el trabajo sucio, mientras, inmóvil, alguien se desentiende en nuestro interior. Pero no es el acto en sí lo que me interesa en este momento, sino la falta de moralidad y remordimientos en esos momentos. La auténtica derrota del bien y el mal. Un acto de liberación pero a la vez de muerte; la conciencia de la propia desaparición es un móvil poderoso, y en pro de satisfacer los instintos más básicos lo demás, lo accesorio, lo superpuesto, no tiene la menor importancia.
La cuestión es (y hasta ahora lo tengo claro), ¿son verdaderos aquellos instintos?, ¿o son simples construcciones mentales, un mero eco portado por memes cansados, de una sensación mucho más poderosa y ahora perdida para siempre en nuestra evolución? Como si fuéramos autómatas que recibiésemos una tarjeta perforada y nos comportáramos como imitación de seres humanos, así como humanos aveces imitamos al reptil, sin serlo ciertamente.
Solo si fuésemos Replicantes valdría la pena fortalecer las partes del cerebro destinadas a controlarnos a nosotros mismos. Pero solo en ese caso, de que ya hubiéramos perdido para siempre todo rastro dentro de nosotros de aquel animal del que provenimos. Porque si todavía esta dentro, es en él donde reposa la esencia de lo que somos. La libertad es la naturaleza, es la depradación y la inseguridad, y la supervivencia. Renunciar a lo animal sería renunciar a la libertad más profunda que poseemos.


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