Bobby Fischer ha muerto
Campeón de ajedrez en 1972 y 1975 y tal vez el jugador más brillante de todos los tiempos, Bobby Fischer, más recordado en los últimos años por sus problemas con la justicia norteamericana, falleció ayer en Islandia, oficialmente debido a “una larga enfermedad”. Perseguido por el gobierno de su país desde que se negó a seguir usando al ajedrez como un instrumento publicitario más de la confrontación de la Guerra Fría, luego de que venciera al ruso Spassky en 1972, y despojado del título de campeón mundial al negarse a defenderlo en 1975, acusando a los contendientes soviéticos de “amañar” las partidas entre ellos; en 1992 reaparece en la escena internacional, para ser amenazado una vez más si participaba en un torneo en Yugoslavia (violando resoluciones de la ONU de entonces). Tras romper delante de las cámaras la orden estadounidense prohibiéndole participar, admitió que no había pagado sus impuestos desde 1976 porque no pensaba entregar un solo dólar a un Estado genocida como el suyo. Desde ese momento pesó sobre él una orden de extradición del gobierno norteamericano que quería procesarlo por el cargo de “traición”, y en 2004 fue apresado en Tokio, mientras volvía hacia las Filipinas, donde residía. Luego de un año en prisión, el gobierno islandés le dio asilo político y un pasaporte, siendo recibido en 2005 en Reykjavik por una entusiasta multitud.
El dinero le sobraba, pero lo despreciaba. Una vez se hubo retirado en el mejor momento de su carrera, el vacío dejado por el ajedrez lo ocuparon las lecturas sobre conspiraciones y teorías racistas que, como libros de caballería quijotescos, fueron agravando sus fantasías. «El hombre blanco debería abandonar América e irse de vuelta a Europa, los negros deberían volver al continente africano y el país debería ser devuelto a los indios», dice Fischer.«El poder judío quiere dominar el mundo», denuncia. «El ajedrez no es más que una forma de masturbación mental», sentencia el jugador.
Debido a su personal forma de ver el mundo (denunciando el poder judío, siendo el mismo de origen judío-alemán), fue tratado en sus últimos años como un enfermo mental, y sus acusaciones fueron calificadas en general por los medios, como los delirios de una mente brillante, pero senil y antisocial. Con sus cuentas embargadas y sus bienes en E.U. rematados, vivió sus últimos meses en la pobreza, y prácticamente de la caridad de sus vecinos islandeses.


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