Compra todo aquello que no necesites
Compra todo aquello que no necesites; lo importante es que la rueda siga girando. Mercancías que viajan por los mares en atlánticas procesiones de barcos que harían estremecer de terror al propio pirata Drake, contenedores herméticamente cerrados que traen en su interior cientos de miles de referencias distintas; todo debidamente etiquetado e individualizado. Miles de componentes químicos y novedosas aleaciones para construir artilugios vacíos, una cáscara de plástico con algunos gramos de coltán y silicio. Todo el conocimiento de la humanidad escalado geométricamente para dar sus postmodernos frutos. Maravillas modernas que los individuos de la especie contemplan como sus antepasados miraban un animal muerto o el fuego accidentalmente producido por el rozamiento de dos piedras de obsidiana. Miles de factorías operando en el otro extremo del mundo para hacer posible la felicidad de las masas; cientos de agencias de publicidad que emplean hábiles técnicas sicológicas para crear ese propio concepto de felicidad entre los cerebros de esas mismas masas, simples cobayas utilizadas para perfeccionar a lo largo de una cadena de prueba y error los mismos métodos. Cientos de millones de seres humanos produciendo diariamente inconmesurable información; patrones de bytes enviados a las fábricas e incontables pedidos de materias primas. Yacimientos de minerales esparcidos a lo ancho del globo terráqueo como las manchas de putrefacción en una hoja enferma. Vías de distribución que se dibujan como las venas y arterias de un superorganismo. Especies inferiores mejoradas genéticamente en algunas decenas de laboratorios. Oficinas de patentes encargadas de legalizar la propiedad de estas nuevos cadenas de moléculas autoreplicantes. Unas decenas de entidades bancarias mundiales computando este flujo constante de nueva riqueza y horas de trabajo. Ecuaciones matemáticas sirviendo al complicado cálculo que transforma este esfuerzo global en una bien definida cantidad de dólares. Puñados de manos haciendo rapiña de especulaciones abstractas en los mercados de valores. Fajos de billetes nuevos saliendo de las imprentas. Distribución de capital hacia los esclavos, devolución con interés y comisión.
Compra todo aquello que no necesites. Un auto de 6 cilindros y doble tracción, para transitar a 20 kilómetros por hora en exiguas avenidas congestionadas hasta tu trabajo y volver. Un bonito vestido para ir al mismo trabajo que te dará el dinero para comprar estas cosas por intermedio de los bancos. Una casa para tener un lugar donde dar cría a tu descendencia y que se repita el ciclo, hasta que no halla más lugar ni más combustible. Ya estás completo, tu papel en la sociedad ha sido llevado a cabo. La industria se encargará de modelar tus decisiones, tu manera de divertirte y hasta tu manera de oponerte a tu propio destino. Todo para que el flujo de riqueza y poder siga su cauce…
Empero, a pesar de todo, no te sientes como deberías sentirte.
En el sentido de la propia sociedad eres un privilegiado, sin embargo eso no basta. No eres feliz. Lo saben los malditos burócratas especializados en técnicas sicológicas, aunque aquel anunció tan bien diseñado, con destreza renacentista, te halla prometido lo contrario. El año próximo ese modelo será obsoleto, y en otros cinco, una antigüedad. El flujo no puede detenerse. Debe acelerar cada vez más, para que la riqueza siempre aumente. No la tuya, por cierto. Los técnicos lo saben melancólicamente: tu cerebro está diseñado para permanecer siempre atento y en zozobra. Si no fuera sido así, la especie jamás habría evolucionado y emergido de la Garganta de Olduvai, de donde algunos científicos afirman con extrema elocuencia provienen tus más lejanos antepasados, quizás más parecidos a monos o quizás aún más extraños. Tu cerebro no está diseñado para que seas feliz; un mono feliz era un mono descuidado y un mono muerto. Obras por instinto: como tu propio estómago te pide comida para tan pronto termina la satisfacción iniciar de nuevo el proceso del hambre que te obligará a comer y por consiguiente a no morir. Así obras, de manera tan simple. Buscas satisfacción, el cerebro libera una ínfima cantidad de moléculas, y el ciclo vuelve a empezar. Nunca serás feliz, ni siquiera drogándote permanentemente; al final presentarías tolerancia: la evolución no ha sido tan estúpida como para pretender que se la burle tan fácil. Tal vez un entrenamiento parecido al de un monje te permitiese doparte mentalmente, pero por supuesto no tienes tiempo. Tu cerebro cazador-recolector debe permanecer ocupado. Resolviendo algoritmos en la computadora, como antes lo hacía buscando senderos de animales en la jungla. Todo para conseguir esa sensación de satisfacción y luego verla desvanecerse como si nunca hubiese existido. Creando a cada paso una nueva necesidad para reemplazar la anterior; eso eres: una máquina diseñada para autopreservarse. Una vez satisfechas tus necesidades primarias el cerebro crea nuevas necesidades, es su trabajo, mantener el estado de alerta-zozobra constante.
—¿Quieres ser feliz? Te presento a un mongoloide. Obsérvalo. ¿En qué se diferencia de ti? Casi siempre sonríe. Parece que está bien pero si miras con atención no lo está: tropieza, no puede comunicarse con propiedad, no es capaz de desenvolverse para buscar sus propios alimentos o realizar su limpieza. Dejado a su propia suerte, moriría al poco tiempo. Eso es tu tan mentada felicidad: una tara genética. Ahora, si lo deseas, puedes seguir buscándola en los anuncios con los cuales te embriagas a diario.


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