Variaciones del odio
Todo esto comenzó con un intento a medias exitoso de autodestrucción. No morí, pero quedé lo suficientemente lisiado para que me dieran vacaciones pagas por unos seis meses.
Bebí una botella de vodka y saqué del garaje la motocicleta. Mi idea era despeñarme contra algún abismo en carretera, pero antes de salir de la ciudad mi intención se vio truncada por una piedra que se ocupó en forma prematura de hacerme perder el control. Salí despedido unos veinte metros y la moto describió una voltereta en el aire antes de caer entre un estrépito violento de metal, plástico y cristales, y terminar abrupta sobre mis piernas. Cuando una ambulancia arribó a recogerme me sorprendió que no me dieran un tiro de gracia; aquel hubiera sido un procedimiento más lógico y acorde con las circunstancias, y nos hubiera ahorrado muchos problemas a los camilleros, a la sociedad y a mi mismo cuerpo. En vez de eso me llevaron a un hospital, los muy insensatos.
En el hospital, cuando el alcohol se disipó de mi organismo, conocí de primera mano al dolor físico. En la presencia del dolor físico, lo que la gente llama habitualmente “dolor” se ve reducido de inmediato a su justa dimensión. El dolor del espíritu, alma, conciencia, yo, o como quieran llamarlo, es una nadería, una imbecilidad, una visión lastimera y patética, al lado del verdadero dolor. No merece ese nombre. Una coyuntura rota duele. Y si alguien te hala esa coyuntura, para tomar, por ejemplo, una radiografía, entonces el dolor es insoportable. No importa cuanta basura new age tengas dentro del cráneo. El dolor te aprisiona y no te suelta. Hace que lo mires directamente a los ojos. Y lo que ves en esos ojos, no es agradable, es el rostro de hielo de la vida. Pero es verdadero. Y puro. Y maligno, muy maligno. Y no puedes dejar de verlo, mientas dura.
El dolor pasó. Y yo me dije que no quería tener nada más que ver con el dolor en mi vida. Le dejaba el dolor a los eremitas, a los cristos, con todo gusto. Qué entren ellos a esas dimensiones de pureza, qué ellos penetren en los misterio del demiurgo. Yo me resignaría sin culpa a desaparecer en la ignorancia.
Seis meses de licencia es mucho tiempo, apenas el necesario para olvidar. Después de los dos primeros meses las cosas fueron mucho más fáciles, con el apoyo de unas muletas me podía valer por mi mismo de forma aceptable. El accidente me empezó a parecer una bendición (ese es otro de los trucos del dolor físico: se olvida rápido. El dolor físico sólo existe en el presente). Mis gastos habían disminuido y seguía recibiendo un sueldo soportable, por no hacer nada. Me sentí en vacaciones. Analizando este hecho en profundidad me pareció que también era un desperdicio exorbitante de dinero, sólo por paliar el sufrimiento de un único humano. La cuenta del hospital había sido una cifra abultada de varios ceros a la derecha que el seguro cubrió sin rechistar. Tal vez esperaban que en lo que quedara de mi vida productiva, una vez recuperado, llegaría a retribuirle una suma similar de riqueza a la sociedad. Pero entre mis planes no estaba devolverle a la sociedad nada.
Después de mis primeras salidas me di cuenta de que ser un lisiado no es tan malo, mientras te puedas mover. Los policías no te paran en la calle. Los vigilantes de los centros comerciales tampoco se ocupan de ti. La gente te cede el puesto en el transporte público. Aunque pagues general, te dejan sentarte en preferencia en el cine. Las personas te joden menos. Te dejan estar solo en paz. Aquello hizo que fuera mucho más fácil de emprender la obra que tenía en mente.
Salí del cine de ver una película alemana. Luego de un inicio prometedor y un nudo que conseguía mantener el interés del espectador (es decir yo), el final no pudo ser más deplorable. Sólo un muerto (por suicidio) y un herido, y un montón de palabras vacías acerca de la tolerancia, la convivencia y demás mierdas. Yo, esperaba que todo terminara en la semilla de un Cuarto Reich, o al menos en una especie de Fight Club germano. O, si no era mucho pedir, una matanza digna, con docenas de cadáveres de estudiantes esparramados por el suelo del aula. No hay arte que este más dañado por la corrección política que el cine. En algunas escenas, sentía el impulso de introducirme en la pantalla y darle un puñetazo en mitad de la cara a una putita hippie con el cabello rasta que era toda rectitud de pensamiento. Maldición, maldición.
A esa hora el centro comercial se hallaba en un estado perfecto para mi. Ni muy lleno, ni completamente vacío. No le dediqué más ideas a la película y subí a la terraza de comidas. La recorrí estudiando minuciosamente su arquitectura y distribución y luego me senté en la esquina más alejada. Disfrutaba de mi tiempo libre, fuera de la esclavitud laboral. Ni siquiera me inquietaba el pensar en que lo más probable era que me despidieran tan pronto expirara la licencia. Estaba seguro de que ya había cumplido con creces con mi papel en la vida, que cualquier cosa que siguiera, no podía ser ni peor ni mejor. Había amado. Me habían amado. Alguna vez, incluso, las dos cosas habían sucedido al mismo tiempo. Había visto a una persona morir de enfermedad y vejez. Había conocido la vitalidad de la naturaleza y por momentos, me había fundido con ella. Había contemplado el firmamento y visto estrellas fugaces. Había sido líder alguna vez. Había conocido el dolor y la humillación. Había asistido a conciertos de rock y a exposiciones de artistas. Había leído, y con mis dedos alcanzaba a enumerar aquellos libros que valieron realmente la pena. Había sido un miembro productivo de la sociedad. Había vagado en compañía de seres animalescos. Había conocido el desprecio y la hipocresía de mis semejantes y había sobrevivido. Sobre todo, había gustado de la soledad. Sobre todo, ya no tenía preguntas que hacer. Sobre todo, ya sabía que nadie tenía respuestas.
La tarde caía. Yo, esperaba ese peculiar tono azul que me anunciara la noche. A mis espaldas, por detrás de un cristal, se erguía el corazón de la puta ciudad, edificios de bancos, y universidades, y restaurantes, y autos, y gente miserable vendiendo chucherías en la calle. Sorbí mi cerveza y observe a mi alrededor, bajo la bóveda de metal y cristal de geometría tan parca y las lámparas que se suspendían. Varias personas coincidían conmigo en ese espacio, en ese océano de mesas, esa playa. Algunos pocos estaban solos, ejecutivos que almorzaban tarde o hombres maduros que se escondían de sus mujeres o de sus familias. A dos mesas a mi derecha había una pareja de negros, negro y negra, amigos quizás, conversando cosas de negros, pensé. Más allá dos mujeres, conversando cosas de mujeres. En frente mío una mujer vieja, una abuela que obsequiaba a sus nietos con unas hamburguesas. Un grupo de estudiantes, de los cuáles un vigilante, que no estaba armado, no despegaba los ojos. Parejas de novios. Jóvenes y felices. Oh, yo ya no era tan joven, ya no hacía parte de aquel mundo, ni nunca lo fui.
Entonces me di cuenta de que no los odiaba. Eran sólo un montón más de seres anónimos e insignificantes, al igual mío. Nadie los recordaría, como a mi. Eramos al fin y al cabo todos parte inocente dentro de la misma broma cósmica, diferentes segmentos de una misma cadena de dolor y desaparición. Y sin embargo, se esforzaban, se esforzaban tanto. Al igual que yo, no merecían esto. Tanto hacer, tanto desear, tanto soñar, tanto horror, para nada, para ser engullidos por la nada y en el último instante sostener la mirada del Gran Sádico y ser aplastados como insectos. Y perderlo todo, hasta a ellos mismos, como si al final nunca hubieran nacido. No importaba cuánto se hubieran esforzado.
Ahora todo lucía más sencillo, más diáfano. La noche no tardaba. Contemple por última vez el azul profundo del cielo y dejé a un lado las muletas. Sentí que iba a realizar un acto ausente de maldad, que todas esas personas deberían estar agradecidas por el regalo que les iba a hacer. Terminé de escribir este texto en una servilleta y saqué el arma.


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